Mindful eating; sanando mi relación con la comida
- MARIA ANTONIETA OCAMPO
- 14 feb
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 14 feb
Hay un cansancio silencioso que muchas personas cargan: pensar en comida todo el tiempo. Contar, medir, compensar, portarse “bien”, caer en antojos, sentir culpa… y volver a empezar el lunes. Si esto te suena familiar, quiero decirte algo importante, no es falta de fuerza de voluntad. Lo que suele faltar es paz, y esa paz se consigue con más conciencia, no con más reglas. Justo ahí es donde la alimentación consciente cobra sentido como una forma de volver a habitar el cuerpo con respeto.
A menudo, cuando queremos manejar el hambre emocional, el primer impulso es restringir la comida para cuidar el peso. Y ocurre algo muy humano: el cuerpo y la mente se tensan; la comida se vuelve más atractiva; el deseo crece y, tarde o temprano, llega el descontrol. Así nace el ciclo que tantas personas viven:
restricción → frustración → rebeldía o atracón → culpa → nueva restricción.
No se trata de falta de disciplina, sino de que, ante la restricción, te estás peleando contigo misma.Y lo peor es que, en esa lucha, nos desconectamos de lo único que podría guiarnos con claridad: nuestra propia brújula interna.
Por eso, en Mindful Eating trabajamos una idea central: tu cuerpo sí sabe. Tiene señales, ritmos y una sabiduría interna que puede orientarte. Pero se apaga cuando vivimos con prisa, restricción constante y autocritica. En este camino lo que buscamos es volver a escucharnos para comer con libertad, con calma y con equilibrio. Para lograrlo, primero hay que distinguir qué está pasando realmente cuando aparece el deseo de comer.
Cuando hablamos de hambre real, no nos referimos solo a cuando sientes que te ruge el estómago. La experiencia puede sentirse en dos niveles: el hambre estomacal, con señales físicas como vacío, ruidos, retortijones o energía baja; y el hambre celular o corporal, que a veces es más sutil, pero igual de importante, como una necesidad fisiológica profunda de nutrirte (y que puede manifestarse también como irritabilidad, cansancio o falta de claridad cuando llevas tiempo sin comer bien). La clave no es aguantar ni comer a una hora determinada, sino aprender a identificar tus señales y responder con amabilidad. La guía está en tu cuerpo, no en el reloj ni en el tamaño de la porción.
En ese punto aparece algo que en el curso llamamos Sabiduría Interior: ese momento en el que, antes de comer en automático, haces una pausa y vuelves a ti para escucharte. Es un gesto pequeño, pero lo cambia todo porque te devuelve tu presencia. Desde ahí, puedes preguntarte con honestidad, ¿qué nivel de hambre física tengo?, ¿qué emoción está presente?, ¿qué necesito en realidad: comida, descanso, calma, compañía, un límite? A veces sí es comida; otras veces es cariño, pausa o sostén. Cuando haces la pregunta, dejas de reaccionar y empiezas a elegir.
Elegir también implica respetar el ritmo natural del cuerpo. Algo que parece simple, pero es profundamente transformador es comer más lento. No estoy hablando de comer poquito, ni de hacerlo bonito, sino de darle al cuerpo tiempo para hablar. Cuando comes rápido, puedes excederte sin darte cuenta. En cambio, cuando bajas el ritmo y masticas con atención, percibes aromas, sabores y texturas; notas cómo tu cuerpo reacciona; detectas la saciedad con más claridad; y, sobre todo, vuelves a disfrutar sin culpa ni autocastigo. La masticación consciente es una forma de presencia.
En el fondo, todo esto se sostiene en una idea que me encanta traer a la mesa: el Camino del Medio. Sanar la relación con la comida no se trata de irnos a los extremos, de controlarlo todo ni de rendirnos. En realidad, es una práctica cotidiana en la que dejamos de vivir en guerra y empezamos a vivir en cuidado: un paso a la vez, una respiración a la vez, un bocado a la vez. Cuando la alimentación deja de ser una batalla, aparecen cosas inesperadas como la calma, la claridad, el disfrute, la autoestima y una manera más amable de habitarte.
Si quieres empezar hoy, puedes probar un ejercicio muy sencillo: antes del primer bocado, haz una pausa y respira profundo tres veces. Luego, escanea tu cuerpo: ¿es hambre del estómago, hambre celular, emoción, cansancio? Y elige una intención como “voy a comer más despacio” o “voy a escuchar mi saciedad”. No busques hacerlo perfecto, basta con que empieza a volver a ti.
Al final, Mindful Eating no se trata de qué dieta seguir. Se trata de recuperar algo más valioso, la confianza. Confianza en tu cuerpo, en tu capacidad de escucharte y en que puedes comer con libertad sin perderte en el exceso. Si estás cansada/o de vivir a dieta, de pelear con tu cuerpo o de sentir culpa por comer, quizá éste sea un buen momento para cambiar la pregunta. En vez de “¿cómo me controlo?”, intentar con: “¿cómo me cuido?”. Con eso empieza todo.



Reflexionar en esta manera tan consciente de comer me hace darme cuenta de lo poco que podemos escuchar a nuestro cuerpo. Confiar más en él nos puede ayudar a estar más sanas y, además, a disfrutar más de la vida. Gracias por esta reflexión.